Es fácil reconocer a una persona llena de energía positiva: resulta más fácil y alegre estar a su alrededor.

Y no depende de lo que esté haciendo. Puede hojear una revista en silencio, contar chistes o historias casualmente, tocar un instrumento musical o, a veces, simplemente sentarse cerca. Su presencia parece levantar el ánimo, despertando en los demás el deseo de vivir y disfrutar.

A veces los poseedores de tal energía no son conscientes de su influencia. Es el caso, por ejemplo, del artista Yevgeny Leonov. Una vez visitó un hospital invitado por un médico amigo para comprobar su estado de salud. Los pacientes le reconocieron en el pasillo, le pidieron autógrafos y se limitaron a hablar con él. Leonov, un hombre de buen corazón, estaba encantado de pasar tiempo con todos, contar algunas historias y mantener la conversación. Para sorpresa de los médicos, el estado de los pacientes empezó a mejorar: se sentían más alegres y ligeros.

El médico, bromeando, sugirió al artista que visitara la unidad de cuidados intensivos. Leonov se lo tomó en serio y fue a la unidad de cuidados intensivos. Allí volvió a estar sin más: no decía mucho, pero su presencia era lo más importante. Los pacientes empezaron a sentirse mejor, y los sensores que registraban su estado mostraban una dinámica positiva. Leonov no realizaba manipulaciones complejas, no administraba medicamentos ni pronunciaba discursos inspiradores: simplemente estaba allí. Pero su energía, como un elixir invisible, afectaba a quienes le rodeaban, llenándoles de nuevas fuerzas.

Los médicos bautizaron este fenómeno con el nombre de «efecto Leonov». Así es exactamente como actúa una persona con energía positiva: su presencia da a los demás ganas de vivir y fuerza para hacer frente a las dificultades.

La energía en sí es neutra, pero la forma en que se manifiesta depende de la persona. Para una persona, se vuelve venenosa, envenenando todo a su alrededor, mientras que para otra, se convierte en un néctar curativo. El secreto está en su alma, en su actitud hacia los demás. Una persona así no tiene que ser necesariamente un ideal de virtud o un ejemplo de santidad, pero su bondad, amor y misericordia transforman la energía en una fuerza curativa. Aunque esté lejos de ser sana o perfecta, su alma puede convertirse en una fuente de luz para los demás.

Las personas cargadas positivamente no sólo curan a la gente, sino también a la naturaleza: las plantas cobran vida a su lado, los animales se recuperan… Su energía alivia, hace sonreír, ayuda a pasar de los pensamientos ansiosos a algo brillante y bueno. Es el principio de la curación y la renovación interior.

Sin embargo, estas personas también necesitan apoyo. La gratitud y la atención ayudan a restablecer el equilibrio: no sólo es importante recibir, sino también dar. Así es como mantenemos la armonía y la energía que hace avanzar la vida.

Fuente: Anna Kiryanova, psicóloga

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