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Las buenas acciones mejoran la vida. Breves historias buenas– Tengo 20 años. Trabajo a tiempo parcial como limpiadora en un gran supermercado. Hace poco, mientras limpiaba el suelo, se me acercó un anciano y me dijo: «¡Gracias por la limpieza! Sé lo duro que es. Llevo 20 años fregando suelos», e hizo una reverencia. Me conmovió tanto su elogio, y más aún su reverencia… que me eché a llorar. – Mi hermano, un rockero tan severo vestido de negro, cuando va en bici y ve una mano asomando por la ventanilla de otro coche, le pone un caramelo. – En el centro de rehabilitación hay conmigo un hombre de unos cuarenta y cinco años y dos metros de altura. Le resulta muy doloroso hacer fisioterapia, pero no muestra ni con un solo músculo el dolor infernal que está soportando. Hoy le han traído a su enorme perro, lo ha abrazado con ambas manos y ha llorado en voz alta. – «Cuando era pequeño, mi abuela venía del mercado, me traía todo tipo de golosinas y me decía que me las había enviado el conejito. Y ahora está tumbada, casi incapaz de andar, y yo le traigo toda clase de golosinas y le digo: «Abuela, te he traído algo de un conejito». Adoro a mi abuela. – Hoy estoy viajando en metro, escuchando música, y mi abuela se sienta a mi lado. Me pide amablemente que apague el teléfono, que su marcapasos funciona mal. En ese momento, se podía ver a todo el vagón apagando sus teléfonos. – Cuando me diagnosticaron cáncer, nuestra gata dormía sobre mí todo el tiempo. Luego enfermó y también le diagnosticaron cáncer. Ahora ha muerto y yo me he recuperado. Lloro y le doy las gracias por todo. – Nuestros vecinos son abuelos mayores. Todos los días salen a sentarse en un banco cerca de casa y siempre se cogen de la mano. Hoy, cuando estaba en el jardín, les he oído hablar. Ella se quejaba de varios dolores, y él decía: «Tú me tienes a mí, yo te tengo a ti, ¿qué más necesitamos?». – Nunca pensé que las palomas fueran aves inteligentes. Pero el otro día, una anciana que solía alimentar a los animales callejeros murió en un edificio vecino. Todos los gatos y perros del barrio acudieron a su voz. Y acudieron las palomas. Cuando sacaron el féretro con el cadáver por la entrada, voló un gran número de palomas. Y luego, cuando se llevaron a mi abuela, los pájaros dieron vueltas por el patio durante una hora. Nunca había visto tantas palomas a la vez, ni siquiera cuando mi abuela les daba de comer. Ayudar no nos convierte en santos. Nos convertimos en personas normales. |
